Avance Atomicrops

Apocalipsis zombies, guerras nucleares, invasiones extraterrestres, plagas bíblicas… según los videojuegos, seguramente no vayamos a acabar bien, y eso si llegamos, porque a este paso, nos cargaremos la Tierra mucho antes. Pero no está todo perdido, o al menos, aún después de que todo se haya perdido, algo bueno puede resurgir en la tierra devastada y asomar los brotes verdes.

Más o menos, este es el punto de partida de Atomicrops, una tierra asolada por la guerra nuclear en la que lucharemos por la supervivencia, a tiros, sí, por supuesto, porque esto es un videojuego y estamos en el post-apocalipsis, pero si queremos durar más de dos telediarios, también hay que comer, y la comida no crece en los árboles… ¿no?. Bueno, la cuestión es que hay que comer, y en este mundo desolado nadie nos va a ayudar. Tendremos que sacar las castañas del fuego nosotros mismos. O plantarlas.

Sí, plantarlas. Porque Atomicrops plantea una mezcla muy singular. De primeras, es un shooter roguelike cenital, que nos puede recordar, al menos vagamente, al clásico Nuclear Throne (la cosa va de apocalipsis nuclear, creo que empiezo a ver un patrón). El girito que le da a la fórmula es que mezcla los disparos con las tareas de una granja, al más puro estilo Harvest Moon o el más reciente Stardew Valley.

Empezamos con muy poco, como siempre. Unas cuantas semillas, un pozo con algo de agua y un yermo que arar. Que arar, plantar, regar, cuidar y… defender. Porque este mundo post-apocaliptico es hostil, muy hostil. Nuestra granja no va a ser un retiro paradisíaco alejado del ruido y el estrés de la ciudad. Nuestra granja va a ser el sustento para sobrevivir otro día más en el yermo. Por el día casi podemos rozar la tranquilidad y atender con mimo todas nuestras plantitas, quizás con algún ataque ocasional del mutante de turno hambriento, pero nada fuera de lo común en el yermo nuclear. Pero cae la noche y no podemos hacer mucho más por nuestras plantas, así que tendremos que aventurarnos en las entrañas del páramo en busca de algún recurso de más: unas semillas para la próxima cosecha, algo que podamos intercambiar con los vendedores entre día y día…

Y así es como se sobrevive en el apocalipsis, día a día, sin saber lo que nos espera al caer el sol, si nuestra cosecha va a seguir ahí por la mañana, o nos vamos a encontrar a un montón de mutantes con la barriga llena de tomates que tanto nos han costado sacar adelante. Porque Atomicrops no es un juego sencillo. Después de un escueto tutorial nos sueltan a nuestras anchas, y de nosotros dependerá encontrar la mejor estrategia para no morir de hambre, o no morir a manos de mutantes, o no morir de hambre mientras nos devoran unos mutantes.

El juego prefiere dejar que experimentemos la mejor forma de sobrevivir por nosotros mismos. Nuestras primeras runs serán de dos días, tres si tenemos suerte con las semillas, pero cuanto más jugamos, más mecánicas van haciendo click y entendemos que la vida del granjero postapocalíptico no es fácil. La multitarea es nuestro pan de cada día, y con un botón tenemos que acabar con los mutantes y con el otro regar nuestras plantas, todo esto mientras esquivamos balas.

Atomicrops está aún en acceso anticipado, y se nota en lo árido que puede llegar a ser, en las mecánicas que se nos ocultan, en lo poco que nos da la mano y en ese pulido final que se echa siempre en falta antes del lanzamiento. Con todo, es un diamante en bruto, al que le tenemos que seguir la pista muy de cerca. Como nuestras plantas del balcón (o del postapocalipsis), Atomicrops nos pide atención, y si se la damos, nos recompensará con los dulces frutos del entretenimiento, que solo pueden ir a mejor a partir de aquí.

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