Análisis Valheim

Juan Cash

Juan Cash

La industria del videojuego es una industria cruel. Hay muchísimos videojuegos, sobre todo de pequeños estudios, que pasan por las tiendas virtuales sin pena ni gloria. Condenando al fracaso a los ilusionados desarrolladores. Esto ocurre sobre todo en sus primeros juegos, en los que yo llamo operas primas. Sin embargo, hay algunos casos asombrosos, juegos que sin ni tan siquiera alcanzar su versión final, la llamada 1.0, se convierten en auténticos fenómenos de masas. Sí, esos juegos que saturan las páginas de noticias. Hoy toca hablar de uno de ellos. Toca hablar de Valheim de Iron Gate Studio.

 

Odín es un cabroncete, como casi todos los dioses mitológicos. En un día de aburrimiento, decide poner a prueba a valerosos guerreros de Midgard, enviándolos a Valheim, que viene a ser una suerte de purgatorio. Si consiguen superar los desafíos que allí se imponen, conseguirán un pase al Valhalla. 

Esos desafíos son simples: acabar con cinco criaturas, las cuales deberemos invocar reuniendo una serie de requisitos. Primero, conocer las ubicaciones donde aparecerán y segundo ofrecer algún “recurso” concreto para el ritual. Una vez hecho esto, una vez hemos acabado con las cinco bestias, brindaremos con los dioses en el Valhalla.

Ahora bien, hasta aquí podríamos estar hablando de cualquier aventura de acción. Un juego lineal, muy narrativo. Valheim no es nada de eso. Lo primero que llama la atención, es que el juego recibe la etiqueta de “supervivencia” sí… pero no. Valheim es libertad. Un juego precioso y duro como una piedra.

Si bien es cierto que comparte mecánicas con el género de supervivencia (tales como recoger mil y un recursos para craftear, comer o construirte tu casa), más cierto es que en ningún momento se nos “obliga” a comer, ni a mejorar nuestro equipo, por lo tanto… el crafteo y la recolección de recursos está más orientado a “ayudarnos” a resolver nuestra cacería, que a nuestra supervivencia. Yo creo, que Valheim se podría comparar más con un Breath of the Wild que con un Rust. Me explico.

Nos encontramos con un Action RPG en tercera persona, con un enorme mundo abierto procedural (nada de repetir mapa aquí) en el cual nos sueltan con una mano delante y otra detrás. Con la única compañía de un pajarraco negro (cuervo gigantesco) que nos irá dando información a cuentagotas sobre cómo progresar. Siendo lo primero enseñarnos cinco piedras que se corresponden a las criaturas que ya he mencionado. Además de recordarnos que estamos amnésicos y que es casi un milagro que no nos meemos encima.

Ahora toca explorar, coger madera y piedras (un clásico) e ir recuperando la memoria a cada cosa que construyamos. Momento en el que el giga-cuervo nos insinúa el siguiente paso a dar. Hasta que sin darnos cuenta… habrán pasado diez o veinte horas y tendrás una mansión vikinga llena de hornos, bancos de trabajo, puestos de cocina, cinco jabalís, un barco en el mar y mil movidas más. Lo peor es que habrás perdido tu vida real, cuidado, esto engancha cosa mala.

Lo bueno de Valheim es que corrige los errores de un género que empieza a saturarse, les da un giro de tuerca y crea un producto realmente excepcional, que combina la emoción y el sacrificio de los survival con un objetivo claro, digno de cualquier juego de aventuras. Y esto funciona a las mil maravillas.

Aquí el progreso es lento, muy lento. Pasarás horas reuniendo recursos antes de enfrentarte al primer boss. Pasarás aún más horas antes de luchar con el segundo y así hasta el ¿final?. Es en parte, como sería en una situación real, dentro de la imaginación que hay que poner aquí. Es decir, te sueltan en un lugar virgen, lleno de animales, recursos y enemigos, y te dicen que te cargues a cinco bicharracos. Pues toca rajarse la camisa y empezar a crear recursos. No para no morir de hambre, sino para acabar con nuestros enemigos. 

Hay sesiones del juego que son imborrables. Pasar días y días yendo a una beta de cobre, simplemente a explotarla, para crear una armadura que nos dé alguna opción contra la bestia. Todo ello, sorteando incontables peligros, en forma de gigantes azulones, esqueletos encabronados y cuantos bichos imagines… para al final del día, llegar agotado a tu choza, sentarte en la hoguera y cocinar un par de cerdetes a los que has dado caza, mientras piensas… ¿Qué haré mañana? ¿Cogeré mi barco y me echaré a la mar en busca de mi presa?

Valheim no es matar a las bestias, Valheim es el camino que has seguido hasta estar preparado para esos combates. Valheim es un creador de historias que a su vez intenta contarte una. Valheim es perfecto.

Lo bueno que es el juego es algo digno de estudio. Hablamos de un juego que nos brinda un Early Acces, es decir, un acceso anticipado. Aún queda mucho por añadir, cosas que pulir y en definitiva alcanzar su versión final. Lo que se traduce en que tenemos Valheim para rato. Si Iron Gate ha sido capaz de crear una obra tan sólida, desde el anonimato, con un presupuesto previsiblemente humilde, no me quiero imaginar lo que serán capaces de hacer en el futuro, tras el descomunal éxito en Steam.

Un puntazo del juego, o al menos lo que me llamo a mí, es su apartado artístico. Ojo, aquí hablamos cien por cien de una cuestión de gustos, ya que para mí es precioso, pero dudo que sea del agrado de todo el mundo. Valheim parece un juego de PSX/Nintendo 64 supervitaminado. Algo así como un Octopath Traveler en tres dimensiones. Un uso poligonal en vegetación y modelados, acompañado de una iluminación con técnicas contemporáneas y mil partículas por el aire. Una delicia en lo visual y en lo jugable. Otra bomba. Es raro que un juego en Early Acces no explote, pues bien, Valheim va como la seda, incluso en mi viejo portátil (que data de los tiempo en los que Cristo paseaba por Jerusalén). Todo ello acompañado de una banda sonora “muy nórdica” muy vikinga, que ameniza a la perfección nuestras largas caminatas, dando ese rollo épico que tanto me gusta.

Valheim se ha convertido en la sensación de este inicio de año. Cosa que no me extraña lo más mínimo, ya que hablamos de un juego extraordinariamente divertido y adictivo, con un combate simple pero resultón. Un juego que te atrapa una vez entras y ya no te suelta.

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