Análisis Metroid Dread

Dave Redfield

Dave Redfield

No todos los días se escribe sobre la quinta entrega de una franquicia tan querida. Una que vuelve a sus raíces, casi dos décadas después. Por ello queremos que este texto sea un poquito especial, y por eso nos reunimos dos “metroidvanianos” para regalaros estas líneas. Un servidor (Juan Cash) y Dave Hidalgo, fan de Metroid donde los haya. Vamos con el análisis de Metroid Dread, la quinta entrega de la saga de Nintendo que vio la luz allá por 1986. Al lio.

Desde España y con amor, MercurySteam firma esta obra, por supuesto con la supervisión de Nintendo, con nombres tan destacados como Yoshio Sakamoto (director del primer Metroid). El estudio madrileño cuenta con experiencia en el mundo de Metroid ya que fue el encargado de darle un buen lavado de cara al segundo juego de Samus, Metroid 2: Samus Returns. Pero, es en este juego que analizamos hoy, en el que han contado con más libertad creativa, al ser el juego que continúa la historia de la saga y no un remake. El hecho de que sea un estudio nacional el encargado de continuar la historia de Samus es algo por lo que enorgullecernos. 

El argumento del juego da comienzo poco después terminar su predecesor, Metroid Fusion (GBA). En la primera cinemática del juego descubrimos que la Federación Galáctica recibe un perturbador video, en el cual se muestra un parasito X con vida en un remoto planeta llamado ZDR. Estos gelatinosos entes se creían extintos en los eventos del juego anterior. Es entonces cuando deciden enviar unos robots de reconocimiento llamados E.M.M.I. para comprobar la veracidad del vídeo, pero pierden la comunicación con ellos a los pocos minutos de llegar al planeta. A la Federación no le queda más remedio que arriesgar vidas humanas para esa misión de reconocimiento, y quien mejor que nuestra cazarrecompensas favorita, Samus Aran, la cual además es inmune a los ataques de los parásitos.

Con todos estos elementos tenemos el caldo de cultivo perfecto para un juego que sienta sus bases en tres pilares muy diferenciados: la exploración, el combate y la tensión.

EXPLORACIÓN


El juego incita a descubrir más detalles de la historia, en forma de pequeños vídeos, conversaciones en las salas de navegación (al más puro estilo de Metroid Fusion) y detalles en los escenarios, que narran un lore más profundo de lo que podría parecer a simple vista.

El progreso en este juego es un regalo, ofreciéndonos ese toque clásico de la saga, en el que al principio no podremos acceder a la amplia mayoría de zonas, pero poco a poco iremos consiguiendo las habilidades necesarias para avanzar. Esto, en ocasiones, nos abre distintos caminos y puede llevar a perdernos. ¿Pero acaso podría ser un buen Metroid sin esa exploración? Lo cierto es que las señales están ahí y una vez que conseguimos nuestro power up solo es cuestión de observar qué camino se abre más cerca de nuestra posición. Si tenemos esto claro, perdernos será por querer salirnos de la ruta establecida, buscando esa mejora de salud o el aumento de misiles que podemos llevar.

Sin entrar en terreno “spoiler”, sí que podemos afirmar que este juego supone un broche de oro para finalizar este arco argumental de las aventuras de Samus, y nos deja con muchas ganas de saber lo que pasará en las próximas entregas (esperemos que esta vez no tarden 19 años en llegar).

COMBATE


En este caso se aleja del metroidvania (o search action) contemporáneo, que suele ir acompañado de espadas o armas cuerpo a cuerpo. Metroid Dread no deja de beber del shooter en 2D, siendo nuestro cañón el arma que utilizaremos en todas sus formas.

Ya sea disparando plasma, misiles e incluso haciendo parrys o ataques a melee. Dispararemos continuamente, para atacar a un sinfín de enemigos, así como para destruir barreras que impidan nuestro avance. Los enemigos cumplen cierto patrón propio, mostrando sus debilidades cuando atacan, siendo ésta la ocasión perfecta para realizar un contraataque. Siempre nos costará cierto esfuerzo la primera vez que los encontramos, pero cuando volvamos a la zona serán lo bastante débiles para quitárnoslos de encima de un plumazo.

Sin embargo el juego no deja que te acomodes, subiendo la dificultad de estos en cada zona. Pero la joya de la corona son los combates contra jefes: el juego nos sumerge en enfrentamientos fluidos y rápidos, con jefes que precisan de todo nuestro ingenio, ya que parecen pequeños puzles en sí mismos. Lo más normal es que veamos la pantalla de game over varias veces antes de acostumbrarnos a sus mecánicas, y poder acabar con ellos.

TENSIÓN


Hablemos de los E.M.M.I. Estos robots nos perseguirán sin descanso por ciertas áreas del juego, obligándonos a huir o escondernos en cuanto nos descubran, ya que el solo contacto con ellos suele llevar a un trágico desenlace (existe la opción de hacerles un contraataque, aunque resulta una lotería difícil de conseguir). Esta mecánica de sigilo viene a dar una vuelta de tuerca a lo ya encontrado en Metroid Fusion con la SA-X, aunque de una manera menos encriptada.

Sin embargo, este amago de sigilo es un punto que no nos ha terminado de convencer, debido a que es moderadamente anecdótico y podría haber dado mucho más de sí. El problema añadido es que el juego está diseñado de una forma brillante para movernos muy rápido por los escenarios y estas partes cortan un poco ese frenetismo obligándote a pausar tu ritmo (o lo que es peor, querrás pasar corriendo por esas zonas, y morirás irremediablemente a manos de los E.M.M.I., ya que son endiabladamente perceptivos con su entorno). Por lo tanto, la mejor manera de explorar la zona será gracias a las mejoras que iremos obteniendo, sin hacer el más mínimo ruido, caminando despacio y aprovechando los recovecos para escondernos.

La jugabilidad que consigue Mercury es soberbia. Controlar a Samus produce ese placer pocas veces visto, con una suavidad en los movimientos y un control exquisito. Esto produce una necesidad brutal de alargar la partida más allá de lo debido. Ese enganche que nos lleva a trasnochar y que hace que las agujas del reloj se muevan a una velocidad endiablada. Sin duda, esto es un síntoma que solo consiguen los grandes juegos. Además remarcar el gran añadido a la saga (en sus versiones 2D) que ha supuesto el apuntado en 360 grados que ya pudimos ver en Metroid: Samus Returns. Desde nuestro punto de vista es la mecánica que necesitaban los juegos de la saga para evolucionar en lo jugable sin perder la esencia.

No quisiéramos cerrar este texto sin pararnos a hablar de su nivel gráfico y su banda sonora. Visualmente el título impresiona, más aún en la recién nacida Switch OLED, donde los contrastes se intensifican sobre manera. El juego se ve de diez, con unos modelados asombrosos y una atmósfera oscura, con un uso de la iluminación realmente rompedor. Realmente, es un juego que engaña por sus planos lejanos, pero cuando se acercan, podemos apreciar con detalle el cuidado modelado de Samus, las partículas y los entornos. Con respecto a éstos últimos destacar las capas de profundidad que se consiguen. Normalmente siempre sucede algo en segundo plano que nos indica alguno de los peligros que nos encontraremos más adelante en la aventura. 

La armadura (o armaduras) que luce Samus es fiel a lo ya conocido, pero con esa saltito gráfico que tanto gusta ver. El diseño de ésta es muy bueno (sobre todo si tenemos en cuenta los hechos de Metroid Fusion y lo que sucede con su traje clásico), corrigiendo el excesivo tamaño de sus hombreras características, que hacen que Samus se vea mucho más esbelta y ágil, siendo estas precisamente las sensaciones que nos transmite a los mandos. También es reseñable el cuidadísimo diseño del chozo Pico de Cuervo, luciendo una armadura digna de la mejor película de corte fantástico).

En lo personal, no nos ha gustado tanto el diseño de los ojos de nuestra protagonista, quizá demasiado cartoon y que desentona un poco con la estética general, sobre todo teniendo en cuenta que son la parte más expresiva de Samus y los vemos varias veces a lo largo de la aventura a través de su casco.

Con respecto a la banda sonora, decir que cumple con creces lo que propone, sumergiéndonos en esa atmósfera de tristeza y soledad, sabiendo adaptarse muy bien a lo que va sucediendo durante la aventura, aunque a nuestro parecer hay pocos temas que hayan quedado en nuestra memoria. Quizá, como fans, hemos echado en falta poder escuchar algún tema clásico en los diferentes escenarios que vamos descubriendo (aunque podemos decir que sí escuchamos fragmentos durante algunas cinemáticas, que nos han sacado alguna sonrisa).

En definitiva, Metroid Dread nos ha encantado. MercurySteam fiel a las raíces del título, nos deleita con una obra clásica que sabe adaptarse a los nuevos tiempos y hacer un uso de la tecnología que eleva la saga a un nuevo nivel, y pasa directamente a ese preciado olimpo de los juegos obligatorios de Nintendo Switch.

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