Análisis Manifold Garden

Los videojuegos a menudo buscan despertar en nosotros una cierta reacción; por ejemplo, el clásico free to play está diseñado para engancharnos, y lo hacen de una forma relativamente simple, primal. El ciclo de “tarea, tarea completada, recompensa” genera dopamina, y eso le gusta a nuestro cerebro; y aunque esta sea una forma algo “tramposa” de generar dopamina, funciona, y antes de que nos demos cuenta estaremos jugando no por el placer en sí del juego, sino por ese breve momento en el que nos dan nuestro cofre con un par de monedas y unas hombreras nuevas.

Otra sensación parecida es la de la epifanía, o revelación, cuando conseguimos resolver algo. No es tan “fácil” de conseguir como la primera, pero sí es mucho más duradera. Es muy fácil olvidarse del décimo cofre del día que hemos abierto en nuestro free to play preferido, pero no nos olvidamos tan fácilmente de aquel momento al resolver ese puzle del The Witness.

Creo que es la sensación que buscamos cuando jugamos a un juego de puzles. Ese momento que nos hace sentir inteligentes (o tontos, porque la solución estaba delante de nuestras narices todo el rato). Una sensación que Manifold Garden logra despertarnos, aunque no siempre, ni tampoco la única.

Manifold Garden es un juego de puzles que se caracteriza por estar ambientado en un mundo de arquitectura infinita, la referencia más clara, sobre todo para los más profanos en arquitectura (yo), sería Escher. Eso, en el mundo fuera de los videojuegos, porque yo no he podido dejar de pensar en Antichamber y sus puzles imposibles.

Y para resolver los puzles de Manifold Garden nuestra única herramienta será alterar la gravedad. Digo “única”, porque ni siquiera podremos saltar. Al principio puede resultar algo frustrante, porque vemos la solución delante de nosotros, y pensamos que con un saltito se resolverían todos nuestros problemas, pero las reglas de este mundo no funcionan así. Lo que tendremos que hacer será alterar la gravedad y mover los distintos objetos para ir progresando.

En este punto tengo que decir que, aunque por lo general me gustan los juegos de puzles (últimamente he disfrutado mucho con The Witness o The Talos Principle), pero me cuestan bastante, cuando las mecánicas se complican. Y esto me ha pasado con Manifold Garden que sin llegar al nivel de volarte la cabeza del título de Jonathan Blow, sí que nos pone a prueba y nos obliga a pensar de formas que no estamos acostumbrados.

Cambiando la gravedad del mundo tendremos que llevar una serie de cubos de un lugar a otro, y sobre todo al principio, no estamos muy seguros de si estamos jugando bien. Yo he tenido la sensación, sobre todo en los primeros compases del juego, de que no estaba resolviendo los puzles como debería, de que no estaba “jugando bonito” ni haciéndome la infame partida del E3. Y aunque no es algo necesariamente negativo, ya que tenemos cierta libertad a la hora de afrontar los puzles y llegar a su solución, a veces tenemos esa sensación de haber resuelto la situación de una forma demasiado rebuscada, o de rozar el exploit, porque hemos apurado el pixel al milímetro.

Estoy seguro de que en mi partida ha pasado algo así más de una vez, porque yo he tardado unas ocho horas en completarlo, pero sé que se podría haber hecho en la mitad, o menos. Pero al final, lo importante de este tipo de juegos es el momento que comentaba al principio. Esa revelación al solucionar un problema, de soltar un “¡ahhh, claro!” cuando las piezas encajan. O incluso de hacerlo cuando no lo hacen. Porque el juego también es capaz de darnos esa sensación cuando fracasamos. Muchas veces pensamos que tenemos la solución, pero al ponerla en práctica algo no sale como pensábamos, pero hemos aprendido algo, y ese fracaso lo podemos usar para seguir hacia delante.

Además del premio de la epifanía, el juego también nos regala con un espectáculo de arquitectura que se transforma, que se mueve de formas imposibles y crea nuevas formas, nuevos lugares que se transforman en fractales hipnóticos. Todo un despliegue de arte y arquitectura, y una de sus mejores bazas para jugarlo.

Y es que, personalmente, no me han encantado los puzles de Manifold Garden, el mover los cubos cambiando la gravedad no está mal, pero tampoco es memorable. No son los láseres de The Talos Principle o los portales de… Portal. Pero lo que realmente nos hace seguir adelante es el arte que se nos pone ante nosotros. Es prácticamente un paseo interactivo en una galería de arte imposible. Escaleras infinitas que forman una torre majestuosa, techos que son suelos pero que en realidad son pasillos, o no.

Aunque las primeras horas puedan ser algo áridas, hasta que las mecánicas nos hagan clic, cuanto más jugamos y más entendemos su mundo y sus reglas, más entramos en el flow del juego, y la solución a los distintos problemas será cada vez más obvia. Aunque seguramente no sea la persona más indicada para hablar de un juego de puzles (no es mi género), ni de arquitectura (no sé nada), sí que creo que esta perspectiva “desde fuera” puede ser interesante también. Porque al final, Manifold Garden es un juego que hace casi todo bien, y a poco que nos llamen los puzles o su arte, tenemos entre manos uno de los mejores exponentes de este año en un género que no se prodiga demasiado.

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