Análisis Diablo II: Resurrected

Juan Cash

Juan Cash

Tiempos oscuros se ciernen sobre Blizzard. La compañía se encuentra en una crisis brutal, lamentable y totalmente evitable. Los muros en los cuales se han creado algunos de los mejores videojuegos de la historia apestan a pura maldad. Sin embargo, hubo un tiempo pasado donde el estudio americano deleitó a jugadores del mundo, con productos de una calidad inalcanzable en su época. Tiempos en los cuales esperamos que la cosa fuera bien distinta a lo que Blizzard es ahora.  Hoy traigo en mi maleta la resurrección de un juego que nunca llego a morir. Pero al cual le sienta de maravilla volver. Un juego que en su día, allá por el 2000, no inventó un género, pero sí lo pulió y alicató para elevarlo al mismísimo cielo, o para descenderlo a un infierno más que buscado. No solo atrapando a miles de jugadores, que aun a día de hoy continúan creando sus builds, sino también para definir el futuro de un género que aún goza de gran salud, y ante el cual sucumben miles de jugadores diariamente. Hoy Hablamos de Diablo II: Resurrected.

Veintiún años separan a la obra original de esta puesta al día. Ya os adelanto yo, que lo que este Resurrected busca es eso y no más: traer de vuelta un juego que nunca se fue. Pero que ahora nos llega a todas las plataformas, con un apartado artístico y gráfico renovado, que luce bárbaro no solo en la nueva generación, sino también en la híbrida de Nintendo. Diablo II ha vuelto para atrapar de nuevo a sus fieles y para que aquellos que no lo eran, disfruten y descubran porque todo el mundo ama este videojuego.

Para ello, se ha respetado el original al milímetro, añadiendo capas y capas gráficas que hacen que luzca como nunca, pero al mismo tiempo permitiéndonos a golpe de dos botones volver a sus gráficos originales, para no solo comparar, sino sentir el alma misma de una generación pasada. Los pilares del género continúan funcionando a las mil maravillas, en un juego tosco y hardcoreta donde los haya. En el cual construir nuestra build (crear y formar nuestro personaje único) será un proceso largo y tedioso, con algunas malas decisiones que nos pidan volver atrás y que ahora podremos hacer de forma sencilla, siendo este uno de esos añadidos menores que ayudan a adaptar la experiencia.

Por lo demás pocos cambios debéis esperar. Diablo II: Resurrected es un digno ejemplo de fidelidad y respeto, por una obra que bien podría estar en el más prestigioso museo del videojuego.

De nuevo, nos adentraremos en las tierras malditas de Santuario, donde el señor del mal parece haber escapado de su prisión humana. El antaño héroe que fue la salvación, terminó vagando por el mundo, como única pista accesible, para poner fin a un nuevo y sangriento reinado del señor del mal. Diablo y su horda de repugnantes criaturas, vuelven a atormentar a un mundo roto, siendo nosotros, nuevos héroes, los únicos capaces de poner fin a su reinado, una vez más.

El desarrollo del título vuelve a tener esos mapeados de generación aleatoria, que nos obligan a buscar y rebuscar la mazmorra de turno, para purgarla del mal y, a cambio, obtendremos poderoso equipo que nos ayude a continuar nuestra empresa. Y a subir algún que otro nivel por el camino. Siendo esta la esencia más pura del juego. Zona de exploración, zona de mazmorra y zona de relax para reparar, vender y comprar equipo. 

El juego avanza con una curva de dificultad que parece medida a golpe de regla, donde progresivamente nos enfrentaremos a mayores retos y donde siempre veremos de forma clara las herramientas para superarlos. Pero en ningún momentos estas se nos regalaran, sino que habrá que estrujarse el coco para saber cuál es la mejor forma de avanzar. O la que más nos gusta o interesa.

En esta ocasión, contaremos con todo el contenido lanzado. Lo cual incluye las dos expansiones así como las seis clases disponibles. Siendo estas: Bárbaro, nigromante, druida, bruja, asesina, amazona y paladín. La primera decisión será saber qué clase se adapta mejor a nuestro estilo de juego. Lanzar magia con la bruja, resucitar a los muertos, abrirnos paso a golpe de hacha o luchar con la fe de nuestro lado y un martillo mágico. Pero dentro de cada clase, encontraremos diferentes caminos a seguir, por ejemplo, si elegimos el druida que invoca fuerzas de la naturaleza o el druida cambia-formas, capaz de transformarse en un temible lobo o un fuerte oso. Descubrir nuestro estilo favorito es de lo más gratificante del título, y no será nada fácil.

Ante el temor de aquellos que mirar atrás les produce escalofríos, entre los cuales me encuentro yo en determinados géneros, ya os digo que no hay nada que temer; sabiendo donde uno se mete, el titulo se deja disfrutar a las mil maravillas. Evidentemente, no esperéis la movilidad de un Diablo III, con esas esquivas que a veces recordaban al hack’n slash. Diablo II es un juego mucho más lento y estratégico, donde los preparativos para una misión son tan importantes como su ejecución. Dependiendo del nivel donde os mováis, será vital organizar un buen equipo, que incluya un mercenario de confianza o a tú amigo Fermín, bárbaro del nivel veintisiete. Además será importante conocer al enemigo, hacer alguna misión de exploración para volver a la base y prepararse a lo mejor posible, buscando armas y habilidades que dañen las debilidades de nuestros adversarios así como una armadura que nos proteja de sus ataques y elementos (Veneno, hielo, fuego, etc…). 

No jugué a Diablo II en su día y mi yo de veinte años no entendía por qué a la gente no le estaba gustando Diablo III. “Vaya locos” pensaba, “Si esto es un juegazo” cosa que sigo pensando. Pero ahora, once años más tarde de aquel momento y tras disfrutar de una cantidad alarmante de horas a Diablo II: Resurrected, entiendo que la tercera parte no llega al absurdo nivel de calidad de su predecesor. Diablo II no solo es un juego muy bien construido, sino que tiene algo… ese no sé qué que vendría a ser como su esencia. Su alma, algo que te atrapa y te lleva de la mano durante la aventura y que cuando sales de ella y ves el icono en el menú de la consola, te invita a volver, a dejarte llevar y olvidarte por un ratín de tu vida, para transformarte en ese paladín al que tantas horas llevas invertidas. Lo cual se engrandece cuando tu colega Fermín te manda un wasap y te pregunta si andas liado.

No todo es descorchar champán en este remake. Si bien el estudio ha conseguido ser muy respetuoso con la obra original y aun así añadir pequeños elementos que lo hacen más amable. Hay alguna torpeza que no me cuadra en 2021, y de hacerlo, es por motivos turbios. Hablo en concreto de la ausencia de cross play. Lo cual nos impide jugar con Fermín si este no tiene una copia de Diablo II en la misma consola que nosotros. Lo raro del tema, es que desde Blizzard nos permiten llevar a nuestro personaje a la plataforma que queramos. Es decir, mi nigromante de Xbox luce de maravilla en PC o Nintendo Switch. Pero para jugar desde mi Xbox junto a alguien en Switch necesito una copia del título en Switch. Y me pregunto yo ¿tan difícil es establecer un cross play? ¿Por qué tantos esfuerzos para llevar a mi personaje a otras plataformas? (Lo que viene a ser un cross save) ¿Acaso quieren que compre el título en más de una plataforma? No sería la primera vez…

Pese a ello, Diablo II: Resurrected me ha devuelto a tiempos pasados, tiempos de cibercafé y ojeras. En los cuales la vida parecía más sencilla. La maltrecha Blizzard se une con este remake a la escuela de Capcom y su buen hacer para resucitar muertos, regalándonos una obra de mimo y buen gusto, con la puesta al día de uno de sus juegos más queridos hasta la fecha. Una lástima la situación actual, que siembra la duda de ¿cuándo volveremos a ver un juego la mitad de bueno que este Diablo II? Sea como sea, a día de hoy, si os gusta el género y si aún no lo habéis jugado, pocas cosas mejores se pueden hacer en las noches de otoño que volver a Santuario y pulgar el mal por enésima vez.  

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