Análisis Concrete Genie

Estoy seguro de que todos, en un período de nuestra vida y de una forma u otra, hemos sufrido bullying. Lo más probable que fuese en algún momento de nuestra vida escolar; si eras bajito, eras el enano, si tenías gafas, el cuatro ojos, si eras alto y espigado, el deformado, si tenías las orejas grandes, si las tenías pequeñas, si vestías así o porque hablabas asá… Para los abusones, cualquier excusa es buena. Y esta es la premisa, al menos en lo narrativo, que nos plantea Concrete Genie, la última exclusiva de Sony para PlayStation 4 de parte del estudio Pixelopus.

Nos tocará seguir los pasos de un chico y su pincel, y es que a nuestro protagonista le persiguen unos abusones solamente por ser algo (muy) emo y dedicarse a dibujar en su libreta. No son la única amenaza de este mundo, ya que una sustancia negra (y por lo tanto, mala) se está expandiendo por el pueblo. Y la única forma para librarnos de ella es con nuestro pincel mágico (¿no lo había dicho? Pues tenemos un pincel mágico, por supuesto) y nuestros dibujos que cobran vida.

Pero si por algo llama de verdad la atención este Concrete Genie es por su espectacular arte. Por momentos, las cutscenes (rigurosamente en tiempo real) parecen sacadas de una película de animación. El juego es precioso, simplemente. Y no solo la animación, todo el trabajo de arte es digno de aplaudir, sobre todo en un juego en el que eso, el arte, es tan importante. Nuestros dibujos, al cobrar vida, iluminan el escenario de una forma mágica, y terminaremos pintando todas las paredes no porque el juego nos lo pida (nos pide pintar cierto número), sino porque iluminar las grises calles con nuestros dibujos da mucho gustito.

Una pena que la forma en la que dibujamos es algo encorsetada. Tenemos una serie de diseños que vamos recogiendo por el mundo y añadiendo a nuestra libreta. Para plasmar estos dibujos en nuestros lienzos urbanos podemos usar el giroscopio del mando o el analógico derecho. Había leído que el giroscopio no iba muy bien, pero yo no he tenido ningún problema, me ha parecido un control bastante preciso y mucho más natural que usando el analógico. Es especialmente reconfortante hacer crecer flores con un trazo, después adornarlo con un arcoiris y un par de estrellas aquí y allí. Es todo muy sencillo, pero lo que hace que nos haga clic son las animaciones, el cambio del gris al color, los pequeños efectos de sonido…

El problema viene cuando se intentan juntar las distintas partes de esta segunda obra de Pixelopus. La narrativa está bien intencionada, pero no llega a profundizar en nada, con una resolución para mi gusto demasiado simplista. En lo mecánico, aunque pintar es interesante, incluso relajante, no puede sustentar por sí mismo un juego de apenas cinco horas. Tenemos algún pequeño puzle, pero es tan básico que cuesta llamarlo así. Hay algo de plataformeo, pero nada de sustancia. Y después, en la recta final del juego hay incluso combate, que, sin estar mal, da la sensación de ser eso, otra pieza más en un rompecabezas que no encaja muy bien entre sí.

Da la impresión de que el estudio ha tenido la idea de hacer un corto de animación que se ha ido transformando en juego, pero que no han sabido muy bien cómo. Y es que, aún siendo corto, hay momentos en los que la repetición del “ve aquí, pinta una pared, ve a esta otra pared, píntala…” se hace pesado. Parece que ellos mismos fueron conscientes y que por eso decidieran introducir el combate en la recta final del juego, pero es algo que casi va contra la filosofía del propio juego, porque nos hemos pasado casi cuatro horas pintando muros, para, casi al final, prácticamente olvidarnos y empezar a repartir estopa con nuestro pincel…

Sin duda el juego tiene momentos memorables. Cuando terminamos un mural, siempre nos regala con alguna animación que da vida a nuestras creaciones (aunque más que “creaciones” yo los llamaría “collage”). También es muy resultón el dibujador de genios, unas criaturas que nos ayudarán en nuestra aventura. Les podemos poder cuernos, pelitos, colas, orejas… y en realidad, poco más, porque los elementos más definitorios (ojos, boca, manos, pies) los añade el juego. Imagino que no habría sido fácil que fuese todo creación nuestra, pero al menos los ojos, que no deberían afectar tanto al conjunto de animaciones, habría sido un gran toque.

Apenas le he dedicado unas líneas a la maravillosa animación (y gráficos), pero creo que mis palabras no le harían justicia. El estilo es muy particular, un cruce entre “Los mundos de Coraline” y “Kubo y las dos cuerdas”. Y es que aquí hay nivel, y la PlayStation 4 lo mueve sin despeinarse casi. Es una pena que no hayan podido crear un juego más redondo alrededor de toda esta belleza, pero si algo ha demostrado Pixelopus es que apunta maneras. Recordemos que este es su segundo juego, y habrá que estar muy atentos a su próximo proyecto. Si han hecho esto en PlayStation 4, me cuesta imaginar qué harán con PlayStation 5.

Cuando terminemos la historia, podemos enfundarnos las gafas de realidad virtual y jugar una minihistoria más guiada y centrada en pintar, o simplemente jugar al modo de pintar libre (también se puede sin gafas). Son añadidos que recuerdan más a una demo técnica, a un juguete, como aquellos de VR Worlds. Otra pieza más del puzle que es Concrete Genie, y que, al ser modos separados, tienen algo más de sentido.

Es difícil recomendar este Concrete Genie cuando una miríada de títulos asolan nuestra agenda, pero también creo que nos perderemos una exclusiva interesante para la consola de Sony, aún no siendo un producto redondo, puede tener un lugar en nuestro disco duro (sobre todo si tenemos niños en casa y PlayStation VR), dejarnos un buen recuerdo y el corazón algo más calentito.

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