Análisis Ancient Enemy

En los juegos, y en la vida en general, vamos, si algo se te da bien, ¿por qué cambiar? Hay que se dedica a hacer juegos de fútbol, otros hacen FPS… y después están la gente de Grey Alien Games, que hacen juegos de solitario. Sí, como el clásico de Windows, solo que no exactamente.

Hace ya más de cinco años que lanzaron Regency Solitaire, un solitario ambientado en la época Victoriana con una fórmula tan simple como efectiva: un solitario con una capa extra de mecánicas y una historia interesante y bien escrita. A partir de ahí, han seguido expandiendo su cartera de juegos con Shadowhand, un título mucho más ambicioso, siempre con el solitario como base, pero que no tiene miedo de asomar la patita al rol táctico por turnos.

Llegamos a 2020 y nada mejor para pasar el confinamiento en solitario que… ¡jugar al solitario! Esta vez se nos presenta Ancient Enemy, que coge todo lo aprendido de sus dos anteriores juegos y lo mezcla con un poquito de Slay the Spire, dando como resultado uno de los juegos más adictivos a los que he jugado últimamente.

Y no me gusta calificar a los juegos como adictivos, pero aquí voy a hacer una excepción, y la voy a intentar justificar. Me parece que es adictivo bien porque no se trata de un free to play, donde nos enfrentamos a una serie de fases infinitas o casi, sino de un juego de unos 10 € en el que todo está hecho para darnos esa inyección de endorfinas que genera la satisfacción inmediata. Esta satisfacción está en todo, absolutamente todo, lo que hacemos en el juego. Hacer click en una carta tras otra, cada tipo con su soniquete distinto, las animaciones al despejar una carta, al despejar el tablero… todo está tan bien calculado que asusta, y entronca un poco con lo que comentaba al principio; hace años que refinan su producto, y cada vez les sale mejor.

Pero, ¿es solo un solitario bonito? No, es bastante más. Ancient Enemy añade una capa mecánica más, al enfrentarnos a enemigos que debemos derrotar usando cartas que recuerdan en algo a Slay the Spire, pero todo mucho más sencillo. Y es que cuando no tengamos más cartas que jugar con nuestra mano tenemos que terminar el turno usando una carta. Podemos defendernos, atacar o usar un objeto. Es un sistema genial que da una vuelta de tuerca al sistema de solitario, es como si jugásemos a dos juegos a la vez, perfectamente integrados.

Y ambos sistemas se complementan a la perfección: cuantas más cartas encadenemos, más subirá nuestro medidor de combo y más daño o defensa tendremos, según lo que decidamos hacer. Esto genera un montón de situaciones interesantes, por ejemplo: ¿ataco ahora que tengo un montón de combo y me como un golpe del enemigo, o mejor cubrirme y rezar porque el siguiente turno se me dé igual de bien? Además, el daño que nos hagan se mantiene entre los distintos encuentros del mismo mapa, así que hay que tener cuidado para llegar al jefe del mapa con bastante salud.

Entre encuentro y encuentro tenemos una historia servicial, bastante bien escrita, que solo suma, poco, pero que como pasaba con el cambio entre solitario y lucha, es bastante refrescante y otro empujón más para ese “venga, una partidita y lo dejo” tan clásico.

Habiendo jugado a los dos anteriores títulos de solitario, no pensé que me gustaría tanto un tercero. Después de todo, ¿cuánto se puede exprimir la misma fórmula? Pues parece que bastante, porque no solo no cansa, sino que dan ganas de volver a jugarlo en la dificultad más alta, aunque quizás con algo más de mesura, porque este me parece que va a ser un juego que no abandonará mi disco duro en una buena temporada.

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