15 años de «Hecho en América»: El Final de Los Soprano

Alberto Plaza

Alberto Plaza

Escribo sobre cine en Butaca Roja. Autor de "Historia de dos psiquiatras". Soy un tipo de gustos sencillos.

En el futuro algún meteorito destruirá el planeta Tierra y para entonces alguien habrá escrito nuestra historia, todo con ánimo de que los nuevos humanos, seguro que obsesionados por encontrar algún buen puesto de trabajo en la constelación Amazon, Microsoft o Tesla, puedan saber quienes eran sus abuelos y que hacían en ese redondo lugar que pasó a ser polvo de estrellas. 

Habrá unas cuantas páginas dedicadas a los eventos históricos que involucraron a cifras escandalosamente grandes de personas y sin duda entre todas esas futuras palabras se encontrará la emisión en televisión de Hecho en América, el final de Los Soprano, emitido en televisión el 10 de junio de 2007.

Quince años, quince años exactos han pasado ya desde que 11,9 millones de personas sufrieran trágicamente con el final que David Chase y sus secuaces habían estado gestando tiempo atrás. Esta reflexión entre las fronteras de Butaca Roja debe rozar el spoiler, ese día veíamos a Tony como pasaba un rato agradable junto a su mujer, Carmela y su hijo, Anthony Junior. Todos esperaban a Meadow, la hija de Tony. 

Previamente nuestro protagonista se quedaba mirando el asiento donde iban a estar agradablemente sentados cenando, primero vemos un primer plano de su cara observando el sitio, luego le contemplamos directamente sentado a la mesa, no realiza el proceso de caminar hacia ella. La realización del director, el propio David Chase, nos dice con eso que Tony se proyecta ahí mismo mentalmente, quiere estar en ese lugar junto a los suyos. 

El restaurante encaja perfectamente con lo que sería un restaurante tradicional americano en el que cualquier familia se sentiría acogida, a gusto, a salvo entre los placeres cotidianos junto a los nuestros y eso debería sentir Tony, pero su vida es tan sumamente turbia, su salud mental está tan abrasada y sus crímenes son tan imperdonables que nunca podrá vivir tranquilo sin pensar que nadie le acecha.

Volvemos a la escena que relataba antes, intentemos reconstruirla, aunque añadiendo unos nuevos detalles: todos comen sus aros de cebolla mientras escuchan Don’t stop believin’ y esperan a Meadow, sí, pero previamente a todo eso, antes de llegar Carmela, Tony estaba solo y se había dado cuenta de que un tipo con aspecto de camionero entraba al local, era ligeramente sospechoso pero Tony no le dio más importancia, otro tipo que se parecía bastante a lo que en la serie entendemos por mafioso, entró más tarde al local justo delante de Anthony Junior cuando Carmela ya se había sentado con Tony. 

A todo esto se le suma el hecho de que en la organización de nuestro gran hombre hay un topo y además se nos obstruyen las venas de tanta tensión, porque Meadow empieza a intentar aparcar el coche justo en frente del restaurante, quiere estar ahí con su familia, tiene muchas ganas, pero no acierta con los pedales por eso mismo, se pone nerviosa. Vuelve de nuevo a la carga y parece que justo lo tiene aparcado donde quiere, Meadow falla, nos desesperamos, se nos sale el corazón por la boca de lo agitado que está.

Un dato que hace que vayamos a acabar calvos del estrés que nos genera la escena es que aquel hombre que se le adelantó al hijo de Tony al entrar, dedica algunas miradas peligrosas a la familia, pero no sólo eso, ¡si no que se dirige al baño! 

Quizá vaya a por una pistola que algún compinche suyo ha dejado ahí, es como en El Padrino y puede que Tony acabe como Sollozzo, entre tanto estamos a punto de gritar a Meadow por desquiciarnos tanto con su aparcamientus interruptus

Finalmente el hecho que nos impulsa histéricamente a salirnos a puñetazos y arañazos de nuestra piel, a arrancarnos el pellejo y salir corriendo porque ya no aguantamos más esta sensación de vulnerabilidad, es que aparecen dos tipos negros que bien podrían pertenecer a una banda rival contratada por los enemigos de Tony para matarle…sabemos, para más inri, que en el pasado individuos con esas características han intentado matarle. 

Meadow consigue aparcar, se dirige a la puerta, abre, Tony se percata y mira a su hija. 

David Chase, magistralmente, nos hizo partícipes de todo este halo de intranquilidad que realmente era una constante en la vida de Tony. Pudimos comprenderle un poco más con esa escena.  

Muchos habrán notado que no describo explícitamente como sucedió en la pantalla el final, lo que sí merece la pena narrarse es que al día siguiente de emitirse este capítulo todos los medios de comunicación se hicieron eco de lo ocurrido en nuestras pantallas. 

Todo el mundo hablaba de ello, en el trabajo, en casa, cogiendo un taxi, cuando te encontrabas a un vecino en el descansillo de la escalera, quizá fue una de esas últimas series que llegaron a ser un verdadero éxito de masas. 

Personalmente he de decir unas cuantas cosas, las cuales son la razones principales que me han llevado a escribir esto y es que la primera vez que vi el final, me gustó, sí, pero no lo aceptaba, me costó mucho tiempo digerirlo y casi cuando lo había conseguido volví a ver la serie y cuando llegó “ese momento”, de nuevo no pude aceptar los hechos. 

Tiempo después, concretamente el verano pasado, volví a ver por tercera vez la serie, que es mi favorita, esta vez sí llegué a aceptar el hecho de que era el mejor final posible, por polémico que fuera en su día, que lo fue, de hecho David Chase, el creador, estaba fuera del país en aquel momento y las malas lenguas dicen que fue porque tenía miedo a las posibles represalias. 

Ese tercer visionado que hice fue acompañado de una visita a los contenidos extras que la edición física de la serie que tenía y tengo en DVD incluían en su haber. 

Pude ver a Chase y a otros miembros del reparto, así como a algunos guionistas, como hablaban abiertamente del final.

Señalaron que era tan mágico por el hecho de haber incluido tantas posibilidades y por ser tan poco convencional.

Creo que en cuanto reflexioné sobre todo aquello me di cuenta que el final de Los Soprano era uno de esos finales que no sólo marcan un antes y un después en el medio de expresión en el que se desarrollan, sino que es capaz de cambiarte como espectador pero especialmente como escritor, guionista o cualquier otro oficio artístico. 

Normalmente solemos preferir deleitarnos con unos tipos muy concretos de finales en películas y series, pero aceptar las asperezas y complejidades del que nos ofreció David Chase, en mi humilde opinión, te hace madurar. 

Te hace ser consciente del verdadero valor de las preguntas que va estableciendo el artista que crea la obra, que sólo están cargadas de esa virtud y de esa valentía cuando uno crea con ánimo de seguir explorando, a la vez que crea, todas esas ignotas áreas de la vida y de la realidad que realmente desconoce en profundidad, asunto que usa como algo positivo, así no se auto impone una visión concreta de lo que ve, así también evita posicionarse en un altar ególatra y desde el que sólo se lanzan falsas respuestas que en realidad son reflejos condicionados de la verdadera realidad. 

Los Soprano es más que una serie de mafiosos, es más que eso, es arte y el arte es lo que hay más allá, es eso que parece que nos habla de un tema pero realmente nos habla de otro mucho mejor. Los Soprano es un estudio objetivo de la vida, de la familia, de la naturaleza de la violencia, de la identidad, de la caída del sueño americano, de la inevitabilidad de la muerte y de la influencia de las creencias relacionadas con la predestinación y el poder arrollador del indeleble pasado. 

Antes comentaba lo que aprendí sobre las preguntas que se plantean como creador, pero también aprendí con esta serie sobre como responderlas, como el guionista o director tiene que mantener esa esencia humana, esa pasión que proviene de nosotros para crear algo que es genuino pero también como tiene que llevar su mente hasta tal punto que cree soluciones atípicas a las grandes cuestiones que él ha puesto sobre la mesa y como con tan sólo eso, si el arquitecto de la historia mira su mano, verá que esta la ha cogido el espectador.

Cuando se arranca de forma tan quirúrgica un trozo de la realidad, se envuelve en el dorado papel de la reflexión y además no deja de ser una obra sumamente entretenida para aquellos que no quieren pensar tanto, cuando hay disfrute para todos, cuando ocurre eso, todos sabemos que esa película o serie va a acabar en el mayor de los Olimpos fílmicos: nuestra estantería. 

Han pasado quince años desde que todo terminó y la gente sigue volviendo a experimentar una y otra vez Los Soprano, a día de hoy yo tengo una teoría de por qué eso ocurre, se fundamenta en una razón de mayor envergadura que cualquiera de las que yo haya podido expresar en estos pensamientos escritos, pero no os la puedo decir, no todo ha de ser respondido en esta vida.

Volved a verla otra vez, volved a verlo todo y volved a verlo una vez más, al final os encontraréis como Tony al principio de la serie, mirando hacia el techo, con esa mirada que indica que todo ha cambiado una vez más, que todo sigue encaminado hacia el mismo cambio para volver a reiniciarse eternamente. 

Mientras tomáis aire, mientras seguís esperando a que todo se reinicie de nuevo, no os olvidéis de lanzar a la nada de la vida una buena mirada a lo Tony Soprano, una que sea tan poderosa como lo es él, permitíroslo, hacedlo cuanto antes, nunca sabes cuando se van a apagar las luces. 

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