Análisis The Legend of Zelda: A Link Between Worlds

A pesar de que la saga de The Legend of Zelda cuenta ya con un buen puñado de entregas a su espaldas, me juego unas cuentas rupias a que, si escucháis la palabra “Zelda” y cerráis los ojos, no veréis los gráficos de Skyward Swords, o  esa particular jugabilidad en dos dimensiones de The Adventure of Link. Al oír la palabra “Zelda”, os viene a la mente A Link to the Past.

A mi, que alguien me puso en su día la etiqueta de “retrogamer” pero que, en realidad, no soy más que una persona a la que le gustan los videojuegos, y juega  a lo que le apetece en cada momento, ya sea un juego de lanzamiento de la nueva generación, o uno de la Atari 2600, me llena de orgullo y satisfacción poder decir que The Legend of Zelda: A Link Between Worlds supone un pliegue en el espacio y el tiempo, que une a jugadores de toda época y condición.

Hace poco, me preguntaron qué planteamiento haría a la hora de enfocar el análisis de este gran lanzamiento para Nintendo 3DS. ¿Análisis?, pregunté. Con decir que es como A Link to the Past, es suficiente. No es necesario que la gente pierda el tiempo leyendo un estudio del uso de la paleta de colores en la punta de la capucha verde de Link. Que la gente sepa que es un buen juego. Que sepan que es un gran juego. Y que lo jueguen.

Porque jugar A Link Between Worlds es una delicia. Si habéis jugando a A Link to the Past, la sensación de retorno es indescriptiblemente cálida. Todo el juego es un “he estado aquí antes” perpetuo que, lejos de convertir la experiencia en algo repetitiva y tediosa, te llena de una paz increíble.

Somos Link, el héroe eterno. No importa que seamos el último de los Caballeros de Hyrule o el aprendiz de un herrero: siempre comenzaremos nuestra aventura despertando, con la certeza de que emprendemos una aventura única. Todo gran viaje comienza con un paso, pero en algunos juegos es difícil poder ubicar “ese paso”: en algunos, es a los 10 minutos de juego. En otros, tenemos que jugar algunas horas para empezar a sentir la emoción de la aventura.

Aquí, en Hyrule, sabemos, al escuchar la música de la pantalla del título, que algo grande nos espera. El trabajo que se ha hecho con la banda sonora del juego, recuperando las melodías de A Link to the Past, modificando algunos aspectos, pero dejándolas perfectamente reconocibles, es espectacular. 

Si en el juego de Super Nintendo podíamos movernos de un mundo a otro (el de la luz y de la oscuridad) a través de unas baldosas, aquí deberemos fundirnos con la pared y cruzar unas grietas para poder visitar Loryle (el mundo inverso a Hyrule). Es en estos momentos, en los que nos movemos como una figura de papel por las paredes, cuando podremos apreciar de lo muy cuidado que está el juego a nivel gráfico, pudiendo admirar una vista más “tridimensional” de los paisajes que nos rodean.

Esta habilidad, claro está, será fundamental para avanzar por el juego y resolver los diferentes puzzles y enigmas que pueblan las diferentes mazmorras que deberemos recorrer. Cada una con su ambientación y enemigos particulares.

Mencionen aparte merecen los diferentes minijuegos con los que nos podremos entretener, ya sea cazando rupias, esquivando gallinas, o intentando encontrar todos los bebes maimais repartidos por los dos mapas. Además, se ha incluido un modo multijugador, haciendo uso de la función de streetpass, en la que podremos pelar contra los “links oscuros” de las personas con las que crucemos las consolas.

Tampoco se queda atrás la aparente libertad que nos otorga el juego. Quizás estéis acostumbrados a adentrarnos en una mazmorra y conseguir en ella un objeto especial que os ayude a avanzar en la siguiente. Marcando, de esta manera, el orden en el que debemos ir jugando. Ahora, el boomerang, las bombas, las varitas de hielo y de fuego… todos los objetos que nos puedan ser necesarios para avanzar en nuestras aventuras estarán disponibles desde el principio del juego, pudiéndolos alquilar a Ravio, un personanillo un tanto peculiar, que se nos hará muy cercano (guiño).

Hasta que no hayamos avanzando bastante en la historia, no tendremos opción de compra sobre estos objetos, y deberemos seguir las normas de alquiler que nos impone Ravio: si morimos, le devolvemos todo lo que llevemos encima (y debemos pagar de nuevo el alquiler, no es listo el Ravio este ni nada). A Link Between World no es un juego difícil. Ni los patrones de los enemigos son complicados de memorizar, ni los puzzles nos harán estar horas y horas rascándonos la capucha verde. Además, antes de cada mazmorra tendremos un punto de guardado, así que, en caso de que ocurra un desgraciado accidente, siempre podemos volver a cargar la partida. (Si hemos recordado grabar antes, claro está).

Tendremos disponibles un par de minijuegos, por si nos aburrimos de romper arbustos con la espada, y queremos conseguir algunas rupias extras apostando. Merece la pena destacar el de esquivar gallinas, de un tamaño cada vez más grande, que aparecen de la nada

Y es que Nintendo, aunque en otros aspectos es un poco particular, por decirlo de alguna manera suave, en otras cosas no falla. Se puede confiar en la gran N a la hora de cumplir, con creces, el hype generado ante un juego como A Link Between Worlds. No defrauda al recuperar la esencia del mejor The Legend of Zelda de todos los tiempos. Y no falla al crear clásicos imperecederos. 

The Legend of Zelda: A Link to the Past, 23 años después de su lanzamiento, sigue siendo asignatura obligatoria para todo aquél que quiera entender “qué” son los videojuegos. Por su parte, A Link Between Worlds, nada más salir, ya se ha convertido en un clásico atemporal que merece ser recordado, y jugado, durante los siguientes 23 años.

Si sois veteranos en esto de esquivar gallinas y recoger rupias, A Link Between Worlds es todo lo que habéis estado esperando. Si, por el contrario, es vuestra primer viaje a Hyrule, recordad que Zelda es la princesa, y Link el mozo de las mallas verdes… que luego pasa lo que pasa y… ¡ey, listen!

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